¿Has visto alguna vez a un ciego cruzar la calle con una botella de aceite de maní en la mano? Lin Qiye, el protagonista de *En el manicomio aprendo a decapitar dioses*, es ese chico que desde el primer momento te atrapa sin poder apartar la mirada. Tiene los ojos vendados con seda negra, pero dice que "puede ver", y no miente: cuando cierra los ojos, percibe el mundo entero. A los siete años, alzó la vista y se encontró con la mirada de un serafín en la luna; desde entonces perdió la vista, pero también fue elegido por los dioses. Sin embargo, la historia no cae en sermones divinos, sino que te sumerge de golpe en un mundo donde monstruos ancestrales acechan bajo una ciudad de neón. Hombres con máscaras de demonios, serpientes demoníacas, parásitos que se ocultan en las escuelas... Lin Qiye no quiere ser un héroe; solo desea proteger su hogar, viejo y destartalado pero cálido. Pero cuando Zhao Kongcheng empuña su espada contra el abismo y tiñe el cielo de sangre, cuando ese tipo despreocupado le enseña con su vida que "detrás de ti hay miles de personas", al final empuña la espada. Desde ser traicionado por sus compañeros hasta matar al Rey de los Demonios, desde rechazar a los Vigilantes Nocturnos hasta unirse voluntariamente, cada paso se tambalea entre el miedo y la determinación. Lo mejor no es que tenga poderes descomunales, sino que, aunque está muerto de miedo, decide dar la vuelta. Sigue leyendo y descubrirás que en un manicomio encierran a la diosa de la noche, que un gordo rompe el campo de entrenamiento a base de billetes, y que ese chico que blande su espada bajo la luz de la luna avanza paso a paso hacia su propio reino divino.