Capítulo 36: El Millón de Diez Mil
Zhang Ruochen sintió que su cuerpo se hundía en un abismo sin fondo. La oscuridad lo envolvía por completo, y el dolor punzante en su pecho le recordaba que aún estaba vivo, aunque apenas.
—¿Dónde... estoy? —murmuró, su voz resonando en el vacío.
De repente, una luz tenue apareció frente a él, como una vela en la tormenta. La luz creció lentamente, revelando una figura familiar.
—Pequeño Ruochen, finalmente has llegado —dijo una voz suave y anciana.
—¿Maestro? —Zhang Ruochen parpadeó, incrédulo—. ¿Es usted, Santo Monje Sumeru?
El Santo Monje Sumeru sonrió, su rostro arrugado brillando con una luz cálida. —Has recorrido un largo camino, pero aún te queda mucho por andar. El "millón de diez mil" no es solo un número; es un umbral que debes cruzar.
—¿El millón de diez mil? —Zhang Ruochen frunció el ceño—. ¿Qué significa eso, Maestro?
—En el camino del cultivo, hay hitos que marcan la diferencia entre la vida y la muerte —explicó el Santo Monje—. El millón de diez mil representa la acumulación de poder necesaria para romper las ataduras del Reino de las Cien Ataduras. No es solo fuerza bruta, sino la comprensión de las Reglas del Camino Sagrado.
Zhang Ruochen asintió lentamente. Recordó las batallas que había librado, los enemigos que había derrotado y las heridas que había sufrido. Todo parecía converger en este momento.
—Pero, Maestro, ¿cómo puedo alcanzar ese nivel? —preguntó—. He cultivado el Camino de la Verdad, el Camino del Tiempo y el Camino del Espacio, pero siento que me falta algo esencial.
El Santo Monje Sumeru extendió su mano y una pequeña llama danzó en su palma. —Mira esto —dijo—. El fuego puede quemar, pero también puede purificar. Del mismo modo, tu poder debe ser refinado, no solo acumulado.
Zhang Ruochen observó la llama, sintiendo su calor y su luz. De repente, comprendió.
—¿Quiere decir que debo fusionar mis caminos? —preguntó—. No solo dominarlos por separado, sino combinarlos en uno solo.
—Exactamente —respondió el Santo Monje—. El verdadero poder no está en la cantidad, sino en la armonía. Cuando puedas unir el tiempo, el espacio y la verdad en un solo movimiento, habrás alcanzado el millón de diez mil.
La visión comenzó a desvanecerse, y Zhang Ruochen sintió que su conciencia regresaba a su cuerpo. Abrió los ojos y se encontró en una cueva oscura, con el sonido del goteo de agua resonando en la distancia.
—¿Fue un sueño? —murmuró, tocándose el pecho. La herida aún dolía, pero sentía una nueva claridad en su mente.
Se puso de pie lentamente, apoyándose en la pared de la cueva. Su Mar de Qi estaba casi vacío, pero las Reglas del Camino Sagrado en su interior brillaban con una luz tenue.
—El millón de diez mil... —repitió, apretando el puño—. Lo lograré.
De repente, una voz fría resonó desde la entrada de la cueva.
—Así que estás vivo, Zhang Ruochen. Qué lástima.
Zhang Ruochen giró la cabeza y vio a una figura envuelta en sombras. Reconoció el aura al instante.
—Shang Zihong —dijo, su voz llena de odio—. Viniste a rematarme.
Shang Zihong rió entre dientes. —No, vine a verte sufrir. Quiero que sepas que tu muerte no será rápida. Te arrancaré el Corazón de la Verdad y lo usaré para mis propios fines.
Zhang Ruochen sonrió débilmente. —¿Crees que puedes vencerme tan fácilmente?
—En tu estado actual, eres como un pez en una tabla de cortar —dijo Shang Zihong, avanzando—. No tienes poder divino, ni artefactos sagrados. Solo eres un cadáver ambulante.
Zhang Ruochen cerró los ojos por un momento, recordando las palabras del Santo Monje Sumeru. Luego, los abrió, y una luz dorada brilló en sus pupilas.
—Puede que esté herido —dijo—, pero aún tengo algo que tú no tienes: la voluntad de un verdadero guerrero.
Shang Zihong frunció el ceño, sintiendo un cambio en el aura de Zhang Ruochen. —¿Qué estás haciendo?
—El millón de diez mil —respondió Zhang Ruochen, levantando la mano—. No es solo poder, es comprensión. Y ahora, te mostraré lo que eso significa.
De repente, el espacio a su alrededor comenzó a distorsionarse. Las Reglas del Tiempo y el Espacio se entrelazaron, formando un torbellino de energía. Shang Zihong dio un paso atrás, sorprendido.
—¡Imposible! ¡No puedes estar usando el Camino del Tiempo en tu estado!
—No lo estoy usando —dijo Zhang Ruochen, sonriendo—. Lo estoy siendo.
Una explosión de luz llenó la cueva, y Shang Zihong fue arrojado hacia atrás. Cuando el polvo se asentó, Zhang Ruochen estaba de pie, su cuerpo envuelto en un aura dorada.
—Esta es mi verdadera forma —dijo—. La forma del millón de diez mil.
Shang Zihong se levantó, su rostro pálido de rabia. —Esto no ha terminado, Zhang Ruochen. Nos veremos de nuevo.
Y desapareció en las sombras.
Zhang Ruochen exhaló profundamente, sintiendo el agotamiento invadirlo. Pero en su interior, una nueva chispa de esperanza ardía.
—Gracias, Maestro —murmuró—. Ahora entiendo.
Y así, en la oscuridad de la cueva, Zhang Ruochen comenzó su verdadero viaje hacia el millón de diez mil.