29. Tathagata Caído del Mundo
En el vasto y oscuro vacío del espacio, una figura yacía flotando, envuelta en un resplandor dorado tenue pero majestuoso. Era un Buda, o al menos lo que alguna vez fue un Buda. Su cuerpo, de proporciones colosales, estaba cubierto de grietas profundas de las que emanaba una luz negra y corrupta. Sus ojos, cerrados, parecían contener eones de sufrimiento y sabiduría perdida. A su alrededor, el espacio mismo se distorsionaba, creando ondas de energía que hacían temblar las estrellas distantes.
Zhang Ruochen observaba desde la distancia, su corazón latiendo con fuerza. Incluso desde donde estaba, podía sentir la presión abrumadora que emanaba de esa entidad. No era solo poder; era una presencia que había trascendido el bien y el mal, un ser que había caído de la gracia divina para convertirse en algo más oscuro, más antiguo.
—¿Qué es esto? —murmuró, sin atreverse a acercarse más.
A su lado, Xiao Hei, el cuervo negro de tres patas, erizó sus plumas, sus ojos rojos brillando con un miedo que rara vez mostraba.
—Eso... eso es un Tathagata Caído del Mundo —dijo Xiao Hei, su voz temblorosa—. Un Buda que ha sido corrompido por el poder del Abismo de la Oscuridad. Se dice que cuando un ser iluminado cae, su poder se vuelve diez veces más terrible, pero su mente se pierde en la locura.
—¿Un Buda caído? —repitió Zhang Ruochen, frunciendo el ceño—. ¿Cómo es posible que algo así exista aquí?
—El Abismo de la Oscuridad no perdona a nadie —respondió Xiao Hei—. Ni siquiera a los iluminados. Este lugar está lleno de secretos que los vivos no deberían conocer. Y ese... ese es uno de los más peligrosos.
De repente, el Tathagata Caído abrió los ojos. No eran ojos humanos, sino dos abismos de oscuridad pura, sin iris ni pupila, solo un vacío que parecía devorar la luz a su alrededor. Una sonrisa se formó en sus labios, una sonrisa que no transmitía paz, sino una amenaza ancestral.
—Has llegado, portador del destino —dijo el Tathagata, su voz resonando directamente en las mentes de Zhang Ruochen y Xiao Hei—. Te he estado esperando.
Zhang Ruochen sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Su mano instintivamente se posó en el mango de la Espada Antigua del Abismo Profundo, lista para desenvainar en cualquier momento.
—¿Quién eres? —preguntó, manteniendo su voz firme a pesar del miedo que crecía en su interior.
—Yo fui quien enseñó el Camino a los mortales —respondió el Tathagata—. Fui quien mostró el camino hacia la iluminación. Pero el poder del Abismo... me mostró una verdad más profunda. La verdad de que la luz y la oscuridad son solo dos caras de la misma moneda. Y ahora, he trascendido ambas.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Zhang Ruochen, sin apartar la mirada.
—Quiero que completes lo que yo comencé —dijo el Tathagata, levantando una mano gigantesca—. El Abismo de la Oscuridad no es un lugar de perdición, sino de renacimiento. Tú, que has heredado el poder del tiempo y el espacio, eres el único que puede abrir la puerta final.
—¿La puerta final? —preguntó Xiao Hei, saltando nerviosamente—. ¿Te refieres a la Puerta del Destino?
El Tathagata rió, un sonido que resonó como campanas de templo rotas.
—La Puerta del Destino es solo una ilusión. La verdadera puerta está más allá de lo que los mortales y los dioses pueden imaginar. Está en el corazón del Abismo, donde el tiempo y el espacio se encuentran con la nada. Y tú, Zhang Ruochen, tienes la llave.
Zhang Ruochen negó con la cabeza.
—No sé de qué estás hablando. No soy más que un cultivador que busca proteger a los suyos.
—Eres más que eso —insistió el Tathagata—. Llevas en tu interior el Mapa del Árbol Divino Qiankun y la Torre de las Setenta y Dos Capas. Eres el heredero del Santo Monje Sumeru. Tu destino está escrito en las estrellas, y no puedes escapar de él.
Antes de que Zhang Ruochen pudiera responder, el Tathagata extendió su mano hacia él. El espacio a su alrededor comenzó a colapsar, y una fuerza invisible lo jaló hacia el Buda caído.
—¡Ruochen! —gritó Xiao Hei, lanzando una ráfaga de llamas negras para detener el avance, pero las llamas se desvanecieron al tocar la luz corrupta del Tathagata.
Zhang Ruochen activó su Gran Traslación Espacial, intentando teletransportarse fuera del alcance, pero el espacio estaba tan distorsionado que no pudo moverse ni un metro. Sintió cómo su cuerpo era arrastrado inexorablemente hacia la palma del Tathagata.
—No luches —dijo el Tathagata, su voz ahora suave, casi paternal—. Solo quiero mostrarte la verdad.
Cuando la mano del Tathagata envolvió a Zhang Ruochen, este sintió una oleada de energía oscura invadir su cuerpo. Visiones fragmentadas llenaron su mente: un imperio en llamas, una mujer de cabello plateado llorando sobre un trono roto, un niño con sus mismos ojos siendo devorado por la oscuridad. Vio el Reino Kunlun siendo destruido, vio a sus amigos y enemigos cayendo uno tras otro, y al final, vio una figura solitaria de pie sobre un campo de batalla vacío, con una espada rota en la mano.
Era él mismo.
—Esto es lo que será —susurró el Tathagata—. A menos que aceptes mi oferta.
—¿Qué oferta? —preguntó Zhang Ruochen, jadeando mientras las visiones se desvanecían.
—Únete a mí. Abraza el poder del Abismo. Juntos, podemos reescribir el destino. Podemos evitar todo este sufrimiento.
Zhang Ruochen cerró los ojos por un momento, sintiendo el peso de la tentación. El poder que ofrecía el Tathagata era inmenso, suficiente para proteger a todos los que amaba. Pero también sabía que ese poder tenía un precio.
—No —dijo finalmente, abriendo los ojos con determinación—. No importa cuán oscuro sea el camino, no sacrificaré mi humanidad por poder.
El Tathagata suspiró, y por un momento, su rostro mostró una expresión de tristeza genuina.
—Entonces, estás condenado a repetir los errores del pasado.
La mano del Tathagata se cerró, y Zhang Ruochen sintió cómo su cuerpo comenzaba a ser aplastado. Activó su Cuerpo del Caos de los Cinco Elementos, liberando una explosión de energía que logró crear una pequeña brecha en el agarre del Buda caído.
—¡Xiao Hei, ahora! —gritó.
El cuervo negro se transformó en un torbellino de llamas oscuras, golpeando la mano del Tathagata con toda su fuerza. Al mismo tiempo, Zhang Ruochen activó la Capa Invisible de Meteorito, volviéndose intangible y escapando del agarre.
Ambos huyeron a toda velocidad, atravesando grietas espaciales mientras el Tathagata los observaba desde la distancia, sin moverse para perseguirlos.
—Volverás —dijo el Tathagata, su voz siguiéndolos incluso cuando ya estaban a años luz de distancia—. Todos vuelven al Abismo, tarde o temprano.
Cuando finalmente se detuvieron en un asteroide desolado, Zhang Ruochen cayó de rodillas, jadeando. Xiao Hei aterrizó a su lado, temblando.
—Eso estuvo cerca —dijo el cuervo—. ¿Qué demonios era eso?
—Un recordatorio —respondió Zhang Ruochen, mirando sus manos temblorosas—. De que el poder sin control solo lleva a la destrucción.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Xiao Hei.
Zhang Ruochen se puso de pie, su mirada fija en la dirección de donde habían escapado.
—Seguimos adelante. Encontraremos otra manera de proteger lo que amamos. Sin caer en la oscuridad.
Xiao Hei asintió, aunque sus ojos mostraban dudas.
—Como digas, jefe. Pero espero que sepas lo que haces.
Zhang Ruochen no respondió. En su mente, las visiones del Tathagata aún resonaban, y una pequeña parte de él se preguntaba si realmente había tomado la decisión correcta. Pero por ahora, solo podía seguir adelante, confiando en su camino y en los lazos que lo mantenían anclado a la luz.