24. Abrazar el Mundo

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24. Abrazar el Mundo

Zhang Ruochen abrió los brazos y abrazó a Huang Yanchen.

Huang Yanchen se quedó rígida por un momento, pero pronto su cuerpo se relajó. Apoyó suavemente su cabeza en el hombro de Zhang Ruochen, sintiendo su calor y su familiar aroma.

—Lo siento —dijo Zhang Ruochen en voz baja—. Te he hecho esperar mucho tiempo.

Huang Yanchen negó con la cabeza, con los ojos ligeramente húmedos. No dijo nada, pero su abrazo se volvió más fuerte, como si temiera que él desapareciera de nuevo.

El viento nocturno soplaba, llevándose las hojas caídas. Los dos permanecieron abrazados en silencio, como si el tiempo se hubiera detenido.

Después de un largo rato, Huang Yanchen se separó ligeramente y levantó la cabeza para mirar a Zhang Ruochen. Sus ojos brillaban con lágrimas, pero también con una chispa de alegría.

—Has cambiado mucho —dijo ella—. Eres más fuerte.

—Tú también has cambiado —respondió Zhang Ruochen, sonriendo—. Eres más hermosa.

Huang Yanchen se sonrojó ligeramente y le dio un golpe en el pecho.

—Todavía tan bromista.

Zhang Ruochen rió suavemente, tomó su mano y dijo:

—Vamos, caminemos un rato.

Los dos caminaron lado a lado por el sendero de la montaña, bajo la luz de la luna que filtraba entre las ramas de los árboles, proyectando sombras moteadas.

—¿Cómo están en el Reino Kunlun? —preguntó Zhang Ruochen.

—No está mal —respondió Huang Yanchen—. Después de que te fuiste, el Gran Anciano y los demás se hicieron cargo de todo. Aunque ha habido algunas pequeñas fricciones, en general todo está estable.

—¿Y el Templo del Destino? —preguntó Zhang Ruochen—. ¿Han causado problemas?

—El Templo del Destino ha estado muy tranquilo últimamente —dijo Huang Yanchen—. Parece que están concentrados en lidiar con los asuntos del Inframundo y no tienen tiempo para preocuparse por nosotros.

Zhang Ruochen asintió, pensativo.

—Pero —Huang Yanchen dudó un momento—, hay algo que quizás deberías saber.

—¿Qué es?

—El Clan Zhang del Reino Kunlun... ha tenido algunos problemas.

Zhang Ruochen frunció el ceño.

—¿Qué pasó?

—Hace algún tiempo, alguien atacó en secreto la residencia del Clan Zhang —dijo Huang Yanchen—. Aunque no hubo víctimas mortales, varios miembros del clan resultaron heridos. El Gran Anciano investigó, pero no pudo encontrar al culpable.

—¿Sabes quién fue? —preguntó Zhang Ruochen, con un tono frío.

—Todavía no lo sabemos con certeza —dijo Huang Yanchen—, pero según las pistas, podría estar relacionado con la Facción del Reino Celestial.

Los ojos de Zhang Ruochen se volvieron fríos.

—La Facción del Reino Celestial... Parece que no han aprendido la lección.

—No actúes precipitadamente —dijo Huang Yanchen, preocupada—. La Facción del Reino Celestial tiene un poder profundo, y ahora no estamos en condiciones de enfrentarlos directamente.

—Lo sé —dijo Zhang Ruochen—. Pero si se atreven a tocar a mi familia, tarde o temprano pagarán el precio.

Huang Yanchen suspiró suavemente. Sabía que cuando Zhang Ruochen decidía algo, nada podía detenerlo.

—Por cierto —dijo Huang Yanchen, cambiando de tema—, ¿cómo te fue en el Reino del Infierno?

—Fue bastante emocionante —dijo Zhang Ruochen, sonriendo ligeramente—. Maté a algunos enemigos, hice algunos amigos y también obtuve algunas oportunidades (jī yù).

—¿Oportunidades? —preguntó Huang Yanchen, curiosa.

—Sí —Zhang Ruochen extendió la mano, y un pequeño remolino de energía apareció en su palma—. He comprendido una nueva técnica, que me permite controlar el espacio de manera más flexible.

Los ojos de Huang Yanchen se iluminaron.

—¿El Camino del Espacio? ¿Has avanzado de nuevo?

—Un poco —dijo Zhang Ruochen modestamente.

—Eres increíble —dijo Huang Yanchen, con admiración—. En tan poco tiempo, has llegado tan lejos.

—No es nada —dijo Zhang Ruochen—. En el Reino del Infierno, vi a verdaderos expertos. Comparado con ellos, todavía me falta mucho.

—No te menosprecies —dijo Huang Yanchen—. Eres el Heredero del Tiempo y el Espacio, y tienes un potencial ilimitado. Mientras sigas avanzando, seguro que algún día alcanzarás la cima.

Zhang Ruochen sonrió, sin responder.

Los dos continuaron caminando, charlando sobre todo tipo de temas, desde el cultivo hasta la vida cotidiana, desde el pasado hasta el futuro. Parecía que tenían un sinfín de cosas que decirse.

Sin darse cuenta, ya había amanecido. Los primeros rayos del sol atravesaron las nubes, iluminando la tierra.

—Se ha hecho de día —dijo Huang Yanchen, un poco nostálgica—. El tiempo pasa volando.

—Sí —dijo Zhang Ruochen—, pero todavía tenemos muchas oportunidades para charlar.

—Mmm —Huang Yanchen asintió, luego recordó algo—. Ah, casi lo olvido. Hay alguien que quiere verte.

—¿Quién? —preguntó Zhang Ruochen.

—Tu hermana, Kong Lanyou —dijo Huang Yanchen—. Hace unos días llegó al Reino Kunlun y dijo que tenía algo importante que discutir contigo.

—¿Kong Lanyou? —Zhang Ruochen se sorprendió—. ¿Por qué está aquí?

—No lo sé —dijo Huang Yanchen—, pero parece que está un poco ansiosa. Quizás sea algo urgente.

—Está bien —dijo Zhang Ruochen—, iré a verla más tarde.

—Entonces no te entretengo más —dijo Huang Yanchen, soltando su mano—. Ve primero.

—Mmm —Zhang Ruochen la miró, con un poco de ternura en los ojos—. Cuídate.

—Tú también —dijo Huang Yanchen, sonriendo.

Zhang Ruochen se dio la vuelta y se fue, su figura desapareciendo gradualmente entre la luz de la mañana.

Huang Yanchen se quedó quieta, mirando en la dirección en que él se había ido, con una sonrisa suave en los labios.

—Siempre seré tu apoyo —murmuró para sí misma—. Pase lo que pase.

Luego, también se dio la vuelta y se fue en dirección opuesta.

El sol de la mañana se elevaba lentamente, bañando toda la tierra con una luz dorada. Un nuevo día comenzaba.