Capítulo 19: Pasando por los Viejos Tiempos

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Capítulo 19: Pasando por los Viejos Tiempos

Zhang Ruochen caminaba lentamente por las calles de la Ciudad del Rey, sintiendo una familiaridad que le provocaba una mezcla de emociones. A su alrededor, los edificios y las multitudes bullían con la misma vitalidad de antaño, pero todo parecía diferente ahora.

—Han pasado tantos años —murmuró para sí mismo, mientras sus ojos recorrían los puestos callejeros y los transeúntes que iban y venían.

De repente, una figura familiar llamó su atención. Era un anciano de cabello canoso, sentado en una esquina, vendiendo frutas. Zhang Ruochen se detuvo, recordando que aquel hombre solía regalarle frutas cuando él era niño.

—Tío, ¿cuánto cuestan estas manzanas? —preguntó, acercándose.

El anciano levantó la vista y, aunque no reconoció a Zhang Ruochen, sonrió amablemente.

—Tres monedas de plata por una bolsa, joven maestro. Son dulces y jugosas, recién recogidas.

Zhang Ruochen sacó unas monedas y pagó, pero en lugar de tomar la bolsa, dijo:

—Quédese con el cambio, tío. Recuerdo que cuando era niño, usted siempre me daba una manzana gratis.

El anciano parpadeó, confundido, pero antes de que pudiera responder, Zhang Ruochen ya se había alejado, perdiéndose entre la multitud.

Continuó su camino hasta llegar a una antigua mansión, ahora en ruinas. Era la residencia donde había vivido con su madre en sus primeros años. Las puertas estaban selladas con tablones podridos, y las paredes cubiertas de musgo. Zhang Ruochen colocó una mano sobre la madera, sintiendo el peso del tiempo.

—Madre... —susurró, con la voz quebrada.

Un viento suave levantó polvo a su alrededor, como si el lugar mismo respondiera a su presencia. Cerró los ojos por un momento, dejando que los recuerdos lo inundaran: las risas, las enseñanzas, las despedidas.

—Señor, ¿busca a alguien? —preguntó un guardia que pasaba por allí.

Zhang Ruochen negó con la cabeza.

—No, solo recordaba.

El guardia lo miró con curiosidad, pero no insistió y siguió su ronda.

Zhang Ruochen dio media vuelta y se dirigió hacia el este, donde se alzaba la Academia del Mercado Marcial. Aunque ahora era un experto de renombre, no pudo evitar sentir una punzada de nostalgia al ver las puertas de la academia. Allí había entrenado, había hecho amigos, había comenzado su verdadero camino en el cultivo.

—¿Es usted... Zhang Ruochen? —una voz temblorosa lo sorprendió.

Se giró y vio a un hombre de mediana edad, vestido con las túnicas de un instructor de la academia. El hombre lo miraba con incredulidad.

—Sí, soy yo —respondió Zhang Ruochen con una sonrisa cortés.

—¡Dios mío! ¡Realmente es usted! —el instructor se inclinó rápidamente—. He oído hablar de sus hazañas, joven maestro Zhang. Es un honor conocerlo en persona.

—El honor es mío —dijo Zhang Ruochen, ayudándolo a levantarse—. ¿Cómo está la academia estos días?

—Próspera, gracias a usted y a otros discípulos destacados. Pero... —el instructor dudó—. Últimamente han surgido algunos problemas. Hay rumores de que ciertas fuerzas oscuras están interesadas en reclutar jóvenes talentos de aquí.

Zhang Ruochen frunció el ceño.

—¿Fuerzas oscuras? ¿Del Templo de la Oscuridad?

—No lo sabemos con certeza, pero han desaparecido varios estudiantes prometedores. La academia ha hecho todo lo posible por investigar, pero sin éxito.

—Entiendo. Me encargaré de ello —dijo Zhang Ruochen, con determinación.

El instructor se sintió aliviado.

—¡Muchas gracias, joven maestro Zhang! La academia siempre estará en deuda con usted.

Después de despedirse, Zhang Ruochen caminó hacia una taberna cercana. Necesitaba información, y sabía que en los lugares concurridos siempre se filtraban noticias. Se sentó en una mesa apartada y pidió una jarra de vino.

Mientras bebía, escuchó fragmentos de conversaciones. Hablaban de un nuevo poder que emergía en las sombras, de enfrentamientos entre clanes, y de un tesoro legendario que había aparecido en las afueras de la ciudad.

—El Loto de Setenta y Dos Pétalos —murmuró alguien en una mesa cercana—. Dicen que quien lo posea obtendrá un poder inimaginable.

Zhang Ruochen aguzó el oído. El Loto de Setenta y Dos Pétalos era un objeto divino del que había oído hablar en antiguos textos. Si realmente había aparecido, no era de extrañar que tantas fuerzas estuvieran en movimiento.

—Pero cuidado —continuó la voz—. El Salón de Primera del Mercado Negro ya ha puesto sus ojos en él. Y no son los únicos.

Zhang Ruochen apretó el vaso. El Salón de Primera... una de las Diez Grandes Fuerzas Oscuras. Si estaban involucrados, la situación era más grave de lo que parecía.

Dejó unas monedas sobre la mesa y se levantó. Era hora de actuar. El pasado podía esperar, pero el presente exigía su atención.

Al salir de la taberna, el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de tonos anaranjados. Zhang Ruochen respiró hondo y se adentró en las sombras de la noche, listo para enfrentar lo que viniera.