Capítulo 590: ¿Un Inmortal?
El cielo y la tierra temblaron, y un resplandor dorado cubrió todo el horizonte. Una figura imponente descendió desde lo alto, irradiando una luz divina que cegaba a todos los presentes. El aire mismo parecía solidificarse bajo su presencia, y una presión abrumadora se extendió por doquier, haciendo que los cultivadores más débiles cayeran de rodillas.
—¿Qué es esto? —murmuró alguien entre la multitud, con la voz temblorosa.
—Esa aura... es como la de un ser supremo —respondió otro, con los ojos muy abiertos.
La figura dorada avanzó lentamente, cada paso resonando como un trueno en el corazón de todos. Sus ojos brillaban con una luz penetrante, como si pudieran ver a través de las almas. Llevaba una túnica blanca inmaculada, y en su mano derecha sostenía un bastón de jade que emanaba un resplandor de cinco colores.
—¿Acaso es un inmortal? —preguntó un anciano de cabello blanco, con la voz quebrada por la emoción.
—No puede ser... los inmortales desaparecieron hace eras —dijo otro, negando con la cabeza.
Pero la evidencia estaba ante sus ojos. La figura dorada no solo poseía un poder abrumador, sino que también irradiaba una pureza y una armonía con el Dao que solo podía pertenecer a un ser que había trascendido los límites mortales.
Ye Fan frunció el ceño, sintiendo una familiaridad extraña en esa aura. Apretó el puño, listo para cualquier eventualidad. A su lado, el Emperador Negro gruñó:
—Ese tipo... no es normal. Ten cuidado, Pequeña Hoja.
—Lo sé —respondió Ye Fan en voz baja, sus ojos fijos en la figura dorada.
La figura dorada finalmente se detuvo, flotando a unos cien metros del suelo. Miró a su alrededor, y su voz resonó como campanas de bronce:
—Mortales, no temáis. No he venido a causar daño.
—¿Quién eres? —preguntó un cultivador del Clan Ji, dando un paso adelante con cautela.
—Soy un mensajero del Reino Inmortal —respondió la figura, con una sonrisa serena—. He cruzado el Río del Tiempo para traer un mensaje.
Un murmullo de asombro se elevó entre la multitud. ¡El Reino Inmortal! Ese lugar legendario del que solo se hablaba en los textos antiguos, el destino final de todo cultivador que buscaba la verdadera inmortalidad.
—¿El Reino Inmortal realmente existe? —preguntó alguien, incrédulo.
—Por supuesto que existe —respondió la figura dorada—. Pero no todos pueden entrar. Solo aquellos que han alcanzado la verdadera iluminación y han superado las pruebas del Dao pueden cruzar el umbral.
Ye Fan sintió que su corazón se aceleraba. Si el Reino Inmortal existía, entonces tal vez podría encontrar allí una manera de romper la maldición del Cuerpo Santo Primordial. Pero también sabía que no debía confiar ciegamente en extraños, especialmente en uno que aparecía tan repentinamente.
—¿Y cuál es tu mensaje? —preguntó el Gran Perro Negro, con los ojos entrecerrados.
La figura dorada giró la cabeza hacia el perro, y una chispa de sorpresa brilló en sus ojos.
—Interesante... un perro que habla. Debes ser una bestia divina de sangre antigua.
—No me des rodeos —gruñó el Emperador Negro—. Responde la pregunta.
La figura dorada rió suavemente, luego su expresión se volvió seria.
—El mensaje es simple: el Gran Emperador Wu Shi ha regresado. Y busca discípulos para enfrentar la próxima gran calamidad.
—¿¡Qué!? —exclamaron varios al unísono.
El nombre del Gran Emperador Wu Shi resonó como un trueno en los oídos de todos. ¡Ese era uno de los emperadores más poderosos de la antigüedad, un ser que había dominado el Dao y había dejado una huella imborrable en la historia!
—¿El Gran Emperador Wu Shi realmente ha regresado? —preguntó un anciano de la Tierra Sagrada de Yaoguang, con la voz temblorosa.
—Así es —confirmó la figura dorada—. Ha despertado de su sueño eterno y ahora busca a los más talentosos entre los mortales para guiarlos por el camino de la inmortalidad.
Ye Fan intercambió una mirada con Pang Bo. Ambos sabían que esto era demasiado bueno para ser verdad. Siempre había un precio que pagar, y las apariencias solían engañar.
—¿Y qué pruebas debemos superar para ser considerados dignos? —preguntó Ye Fan, dando un paso adelante.
La figura dorada lo miró fijamente, y una luz extraña brilló en sus ojos.
—Tú... eres especial. Posees el Cuerpo Santo Primordial, pero también llevas la maldición de la Sangre Tirana del Cielo. Eres un caso único.
—Responde mi pregunta —insistió Ye Fan, sin inmutarse.
La figura dorada sonrió.
—Las pruebas son simples: aquellos que puedan resistir mi aura durante tres respiraciones serán considerados aptos. Luego, deberán demostrar su valía en combate contra mis sirvientes.
Dicho esto, levantó su bastón de jade y lo golpeó suavemente contra el aire. Una onda de choque se expandió, y del vacío emergieron docenas de figuras envueltas en sombras. Eran guerreros de aspecto feroz, con armaduras negras y ojos rojos como brasas.
—Estos son mis guardias —explicó la figura dorada—. Son guerreros del Reino Inmortal, entrenados en las artes marciales más antiguas. Si pueden derrotarlos, serán dignos de ser discípulos del Gran Emperador Wu Shi.
Los cultivadores presentes se miraron unos a otros, indecisos. Algunos estaban emocionados por la oportunidad, mientras que otros desconfiaban profundamente.
—Yo acepto el desafío —dijo de repente un joven de cabello púrpura, dando un paso adelante. Era el Pequeño Rey Peng de Alas Doradas, con su característica arrogancia.
—Yo también —dijo otro, un hombre corpulento con una armadura de bronce. Era Dongfang Ye, el bárbaro.
Pronto, varios jóvenes prodigios se ofrecieron como voluntarios, ansiosos por demostrar su valía. Ye Fan, sin embargo, se mantuvo en silencio, observando atentamente a la figura dorada.
—Pequeña Hoja, ¿qué piensas? —preguntó Pang Bo en voz baja.
—Algo no cuadra —respondió Ye Fan—. El Gran Emperador Wu Shi desapareció hace decenas de miles de años. ¿Por qué aparecería ahora, justo cuando estamos en medio de una crisis?
—Tal vez sea una oportunidad —dijo el Emperador Negro—. O tal vez sea una trampa.
—Exactamente —asintió Ye Fan—. Debemos tener cuidado.
Mientras tanto, el primer grupo de voluntarios ya había comenzado a luchar contra los guardias de la figura dorada. Los combates eran feroces, con técnicas divinas y armas sagradas chocando en el aire. Pero los guardias eran increíblemente poderosos, y uno por uno, los jóvenes prodigios fueron derrotados.
El Pequeño Rey Peng de Alas Doradas fue el último en caer, después de un combate épico que duró varios minutos. Finalmente, fue arrojado al suelo, con su armadura hecha pedazos.
—Imposible... —murmuró, jadeando—. Son demasiado fuertes.
La figura dorada sonrió con satisfacción.
—No os preocupéis. Habéis demostrado vuestro valor. Ahora, aquellos que deseen continuar, pueden unirse a mí en el Reino Inmortal.
Dicho esto, extendió su mano y abrió un portal dorado en el aire. Del otro lado, se veía un paisaje de ensueño: montañas flotantes, ríos de luz y árboles de jade que brillaban con un resplandor celestial.
—Este es el camino al Reino Inmortal —anunció la figura dorada—. ¿Quién se atreve a seguirlo?
Varios cultivadores, cegados por la promesa de la inmortalidad, dieron un paso adelante. Pero Ye Fan levantó la mano, deteniéndolos.
—Esperen —dijo con voz firme—. Antes de irnos, quiero hacer una pregunta.
La figura dorada lo miró con curiosidad.
—Habla, joven.
—Dices que eres un mensajero del Reino Inmortal. Pero... ¿cómo podemos estar seguros de que no eres un impostor? —preguntó Ye Fan, con los ojos brillando.
La figura dorada frunció el ceño.
—¿Acaso dudas de mis palabras?
—No dudo de tu poder —respondió Ye Fan—. Pero dudo de tus intenciones. El Gran Emperador Wu Shi era conocido por su rectitud y su amor por la humanidad. ¿Por qué enviaría a un mensajero para reclutar discípulos de esta manera, en lugar de aparecer él mismo?
Un silencio incómodo se extendió entre la multitud. Las palabras de Ye Fan hicieron que muchos comenzaran a cuestionar la situación.
La figura dorada soltó una risa fría.
—Eres astuto, joven. Pero también eres terco. Si no confías en mí, entonces tal vez deba demostrarte mi poder de otra manera.
Dicho esto, levantó su bastón de jade y apuntó hacia Ye Fan. Un rayo de luz dorada salió disparado, tan rápido que apenas era visible.
Ye Fan reaccionó al instante, activando el Secreto del Andar para esquivar el ataque. Pero el rayo cambió de dirección, persiguiéndolo sin descanso.
—¡Maldición! —maldijo Ye Fan, mientras desplegaba el Círculo Dorado del Tai Chi para defenderse.
El rayo chocó contra el círculo, produciendo una explosión de energía que sacudió el cielo. Ye Fan retrocedió varios pasos, con el brazo entumecido.
—Impresionante —dijo la figura dorada, asintiendo con aprobación—. Has resistido mi ataque. Eres digno de ser considerado.
—No necesito tu aprobación —respondió Ye Fan, con los dientes apretados.
—Entonces, ¿rechazas mi oferta? —preguntó la figura dorada, con una sonrisa burlona.
—Rechazo cualquier oferta que venga de alguien que no puede dar una respuesta clara —dijo Ye Fan—. Y también rechazo seguir a un desconocido a un lugar del que no sé nada.
La figura dorada suspiró, como si estuviera decepcionada.
—Qué lástima. Tenías un gran potencial. Pero si no quieres venir, no te obligaré.
Dicho esto, cerró el portal dorado y se dio la vuelta.
—Los que quieran seguirme, que vengan ahora. Los que no, que se queden y se pudran en este mundo mortal.
Varios cultivadores, tentados por la promesa de la inmortalidad, corrieron hacia él. Pero Ye Fan los detuvo una vez más.
—¡Alto! —gritó—. ¿No ven que esto es una trampa?
—¿Trampa? —se burló uno de ellos—. Tú solo tienes miedo de perder tu oportunidad.
—No es miedo —respondió Ye Fan—. Es sentido común. ¿Desde cuándo los inmortales se rebajan a reclutar discípulos de esta manera?
La figura dorada se detuvo y giró la cabeza, con una expresión sombría.
—Joven, has hablado demasiado. Si no quieres venir, entonces quédate. Pero no interfieras con los demás.
—No interfiero —dijo Ye Fan—. Solo les advierto.
—¡Basta! —exclamó la figura dorada, y su aura se volvió amenazante—. Si sigues interponiéndote, me veré obligado a eliminarte.
Ye Fan sonrió, sin mostrar miedo.
—Inténtalo.
La figura dorada apretó el puño, y el cielo se oscureció. Una presión abrumadora descendió sobre todos, haciendo que muchos cayeran al suelo.
—Has sellado tu destino —dijo la figura dorada, con voz fría.
Pero antes de que pudiera atacar, una voz resonó desde lo lejos:
—¡Detente!
Todos se giraron para ver a un anciano de cabello blanco que se acercaba lentamente, apoyado en un bastón de madera. Llevaba una túnica raída, pero sus ojos brillaban con una sabiduría antigua.
—Viejo Loco... —murmuró Ye Fan, reconociéndolo.
El Viejo Loco sonrió y se paró frente a Ye Fan, mirando fijamente a la figura dorada.
—He estado observando desde las sombras —dijo el Viejo Loco—. Y he llegado a una conclusión.
—¿Y cuál es? —preguntó la figura dorada, con los ojos entrecerrados.
—Tú no eres un mensajero del Reino Inmortal —dijo el Viejo Loco, con voz firme—. Eres un impostor.
Un murmullo de sorpresa se elevó entre la multitud. La figura dorada soltó una risa sarcástica.
—¿Y qué te hace pensar eso, anciano?
—Porque conozco al verdadero Gran Emperador Wu Shi —respondió el Viejo Loco—. Y sé que nunca enviaría a un mensajero como tú.
La figura dorada frunció el ceño, y su aura se volvió aún más amenazante.
—Mientes.
—No miento —dijo el Viejo Loco—. He visto al Gran Emperador Wu Shi en persona, hace miles de años. Y sé que su camino es recto y puro. Tú, en cambio, estás lleno de oscuridad.
La figura dorada apretó los dientes, y su cuerpo comenzó a brillar con una luz cegadora.
—Si sabes tanto, entonces tal vez deba eliminarte también.
—Inténtalo —dijo el Viejo Loco, con una sonrisa serena.
La figura dorada levantó su bastón de jade, listo para atacar. Pero en ese momento, una sombra gigante cayó del cielo, y una voz atronadora resonó:
—¡Basta ya!
Todos miraron hacia arriba y vieron a un hombre de aspecto majestuoso, con una armadura dorada y una espada en la mano. Era el Gran Emperador Wu Shi en persona.
—Maestro —dijo la figura dorada, inclinándose respetuosamente.
El Gran Emperador Wu Shi lo ignoró y miró directamente a Ye Fan.
—Joven, has demostrado una gran sabiduría al no caer en la trampa. Eres digno de ser mi discípulo.
Ye Fan frunció el ceño, sin saber qué pensar.
—¿Eres realmente el Gran Emperador Wu Shi? —preguntó.
—Lo soy —respondió el emperador, con una sonrisa—. Y he venido a ofrecerte una oportunidad.
—¿Qué clase de oportunidad? —preguntó Ye Fan, cauteloso.
—La oportunidad de convertirte en un verdadero inmortal —dijo el Gran Emperador Wu Shi—. Pero primero, debes superar una prueba final.
—¿Cuál es esa prueba? —preguntó Ye Fan.
El Gran Emperador Wu Shi señaló hacia el horizonte, donde se veía una montaña envuelta en llamas.
—Debes escalar la Montaña del Fénix de Sangre y recuperar la Flor del Loto del Caos que crece en su cima. Solo entonces serás digno de recibir mi herencia.
Ye Fan miró la montaña, sintiendo el calor abrasador que emanaba de ella. Sabía que esa prueba no sería fácil.
—Acepto el desafío —dijo finalmente.
El Gran Emperador Wu Shi asintió con satisfacción.
—Entonces, ve. Y recuerda: el camino a la inmortalidad está lleno de peligros, pero también de recompensas.
Dicho esto, desapareció en un destello de luz, llevándose consigo a la figura dorada y a sus guardias.
Ye Fan se quedó solo, mirando la montaña en la distancia. Sabía que lo que estaba a punto de enfrentar cambiaría su destino para siempre.
—Vamos —dijo, dirigiéndose hacia la montaña—. No hay tiempo que perder.
Y así, comenzó su viaje hacia la cima del Fénix de Sangre, sin saber que lo que encontraría allí superaría todas sus expectativas.