Capítulo 1323: El Fin de los Soldados Celestiales

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Capítulo 1323: El Fin de los Soldados Celestiales

El campo de batalla estaba en silencio. Los restos de los Soldados Celestiales yacían esparcidos por el suelo, sus armaduras rotas y sus armas hechas añicos. La batalla había sido feroz, pero ahora solo quedaba el eco del viento que soplaba entre las ruinas.

Ye Fan se puso de pie lentamente, su respiración aún agitada. Frente a él, el último de los Soldados Celestiales se desvanecía en motas de luz, su energía vital extinguiéndose por completo. Había sido una lucha agotadora, pero al final, la victoria era suya.

—Al final, esto ha terminado —murmuró para sí mismo, limpiando el sudor y la sangre de su rostro.

El Emperador Negro, que había estado observando desde un costado, movió su enorme cabeza y gruñó:

—No te confíes, pequeño Ye. Esto solo fue el comienzo. Los verdaderos enemigos aún están por venir.

Ye Fan asintió, sabiendo que el Perro Negro tenía razón. La batalla contra los Soldados Celestiales había sido intensa, pero no era más que un preludio de lo que les esperaba. Las fuerzas oscuras que se ocultaban en las sombras del universo aún no habían mostrado todo su poder.

—Lo sé —respondió Ye Fan, guardando su Espada del Espíritu Santo de Oro Negro con Patrón de Dragón—. Pero al menos hemos eliminado una amenaza más.

Pang Bo se acercó, su cuerpo cubierto de heridas pero su espíritu intacto.

—Estos Soldados Celestiales eran formidables, pero no pudieron igualar nuestro poder combinado. Sin embargo, me pregunto quién los envió.

—No importa quién los haya enviado —dijo el Emperador Negro, moviendo la cola—. Lo que importa es que estamos vivos y ellos no. Ahora debemos prepararnos para lo que venga.

De repente, una figura apareció en la distancia. Era un anciano de túnica blanca, con una barba larga y plateada que le llegaba hasta el pecho. Caminaba lentamente, como si el tiempo mismo se doblegara a su paso.

—Bien hecho, jóvenes —dijo el anciano con una voz que resonaba como campanas de bronce—. Habéis demostrado ser dignos herederos del legado de los antiguos.

Ye Fan entrecerró los ojos, reconociendo al anciano. Era un Guardián del Camino, uno de esos seres misteriosos que protegían los secretos más profundos del universo.

—Viejo, ¿tú sabías que esto iba a pasar? —preguntó Ye Fan, sin ocultar su sospecha.

El anciano sonrió, una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Sabía que llegaría el momento, pero no cuándo ni cómo. El destino es como un río, joven Ye. Puedes ver su curso, pero no puedes cambiar cada una de sus corrientes.

—Entonces, ¿qué viene ahora? —preguntó Pang Bo, cruzando los brazos.

El Guardián del Camino los miró a ambos, su mirada profunda como el abismo del espacio.

—El verdadero desafío aún no ha comenzado. Las fuerzas que se ocultan en las Zonas Prohibidas de Vida están despertando. Y cuando lo hagan, todo el universo temblará.

El Emperador Negro soltó un gruñido.

—Siempre con los acertijos, viejo. ¿No puedes ser más claro?

—La claridad llega con el tiempo, Perro Negro —respondió el anciano, sin ofenderse—. Por ahora, debéis fortaleceros. El Camino Antiguo de la Raza Humana os espera, y con él, pruebas que pondrán a prueba vuestro espíritu y vuestro cuerpo.

Dicho esto, el anciano comenzó a desvanecerse, su forma volviéndose cada vez más etérea hasta que desapareció por completo, dejando solo un leve rastro de energía.

Ye Fan suspiró, sintiendo el peso de las palabras del Guardián.

—Parece que el descanso tendrá que esperar.

—El descanso es para los débiles —dijo el Emperador Negro, moviendo la cabeza—. Vamos, aún hay mucho por hacer.

Los tres se dieron la vuelta y comenzaron a caminar hacia el horizonte, donde el sol se ponía tiñendo el cielo de tonos rojos y dorados. La batalla había terminado, pero la guerra apenas comenzaba.

En la distancia, una sombra se movía entre las montañas, observándolos con ojos que brillaban como estrellas muertas.

—El Cuerpo Santo ha sobrevivido —susurró una voz fría—. Pero su camino está lejos de terminar. Pronto, el verdadero poder se revelará.

Y entonces, la sombra desapareció, fundiéndose con la oscuridad que se extendía sobre la tierra.