Chapter 2183: Si Tienes el Cerebro Enfermo, Ve a Tratarlo
El hombre de mediana edad que hablaba tenía el rostro pálido y demacrado, con los ojos hundidos, como si llevara mucho tiempo sin dormir bien. Vestía una bata holgada de color gris, y sus dedos, largos y huesudos, sostenían una taza de té que temblaba ligeramente.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Xu Huo, con la mirada fija en él.
—Quiero decir que todos los que han entrado en esa zona han muerto —respondió el hombre, dejando la taza sobre la mesa—. No importa si son jugadores o no jugadores, todos mueren. Y no es que mueran de forma natural, sino que... desaparecen.
—¿Desaparecen? —repitió Xu Huo.
—Sí. No hay cadáveres, no hay rastros de sangre, nada. Es como si nunca hubieran existido —dijo el hombre, y su voz se quebró ligeramente—. Mi hermano menor fue uno de ellos. Entró hace tres días y no ha vuelto a salir.
Xu Huo guardó silencio por un momento.
—¿Y por qué me cuentas esto?
—Porque he visto tu anuncio en la plataforma de recompensas —dijo el hombre, levantando la vista para mirarlo—. Estás buscando información sobre el Hospital Diecisiete. Yo trabajé allí durante cinco años.
Xu Huo entrecerró los ojos.
—¿Trabajaste en el Hospital Diecisiete?
—Sí. Era enfermero en el departamento de psiquiatría —respondió el hombre—. Pero el hospital cerró hace dos años, después de que ocurrieran una serie de... incidentes.
—¿Qué tipo de incidentes?
El hombre dudó, como si estuviera recordando algo desagradable.
—Pacientes que desaparecían de sus habitaciones sin dejar rastro. Personal que enloquecía de repente. Y luego estaban los informes... informes que no deberían haber existido.
—¿Informes sobre qué?
—Sobre experimentos —dijo el hombre en voz baja—. Experimentos con pacientes. No sé exactamente qué hacían, pero había un médico, el doctor Duo'er, que dirigía un proyecto secreto. Nadie sabía qué era, pero los pacientes que entraban en ese proyecto nunca volvían.
Xu Huo recordó el nombre. El doctor Duo'er aparecía en los archivos que había encontrado sobre el Hospital Diecisiete.
—¿Dónde está ahora el doctor Duo'er?
—No lo sé —dijo el hombre, negando con la cabeza—. Después del cierre del hospital, todos los médicos fueron reasignados. Pero escuché rumores de que el doctor Duo'er no se fue con los demás. Se quedó en el hospital.
—¿Se quedó? —preguntó Xu Huo—. ¿En un hospital cerrado?
—Eso es lo que dicen —respondió el hombre—. Algunos dicen que sigue allí, en el sótano. Otros dicen que se volvió loco y que deambula por los pasillos vacíos. No sé qué es verdad.
Xu Huo reflexionó sobre esa información.
—¿Hay alguna forma de entrar en el hospital?
El hombre lo miró con sorpresa.
—¿Quieres entrar? ¿Después de todo lo que te he contado?
—Tengo mis razones —dijo Xu Huo.
El hombre guardó silencio por un momento, como si estuviera sopesando algo. Finalmente, suspiró.
—Hay una entrada por el túnel de mantenimiento. Está en la parte trasera del edificio, cubierta por unos arbustos. Pero te advierto, si entras allí, es posible que no salgas.
—Gracias por la información —dijo Xu Huo, levantándose.
—Espera —lo detuvo el hombre—. Hay algo más. Algo que vi antes de irme.
Xu Huo se detuvo y lo miró.
—¿Qué fue?
—En el sótano, en la última habitación del pasillo... vi una puerta que no debería existir. No estaba en los planos del edificio. Y cuando la toqué, sentí algo... algo frío. Como si algo me estuviera observando desde el otro lado.
El hombre tembló al recordarlo.
—No sé qué hay detrás de esa puerta, pero si vas a buscar al doctor Duo'er, probablemente lo encontrarás allí.
Xu Huo asintió lentamente.
—Lo tendré en cuenta.
Salió del café y respiró hondo el aire fresco de la noche. La información que había obtenido era valiosa, pero también planteaba más preguntas. ¿Qué estaba haciendo el doctor Duo'er en el sótano del hospital? ¿Y qué había detrás de esa puerta?
Mientras caminaba de vuelta al hotel, su comunicador vibró. Era un mensaje de Carmen Field.
"Encontré algo interesante. Ven al Cuartel General del Departamento de Defensa Especial mañana por la mañana."
Xu Huo guardó el comunicador y continuó caminando. Tenía la sensación de que las piezas del rompecabezas estaban empezando a encajar, pero todavía faltaban muchas.
A la mañana siguiente, Xu Huo llegó al Cuartel General del Departamento de Defensa Especial. Carmen lo esperaba en la entrada, con una tableta en la mano.
—Buenos días —dijo ella, sin preámbulos—. Anoche revisé los archivos que me pediste. Encontré algo que podría interesarte.
—¿Qué es?
—El Hospital Diecisiete no era solo un hospital psiquiátrico —dijo Carmen, mostrándole la tableta—. Era un centro de investigación encubierto. El gobierno lo usaba para estudiar los efectos de la super evolución en la mente humana. El doctor Duo'er era el director del proyecto.
Xu Huo tomó la tableta y examinó los documentos.
—¿Y qué estaban investigando exactamente?
—La conexión entre el poder espiritual y la locura —respondió Carmen—. Creían que había una relación directa entre la exposición prolongada al poder espiritual y el deterioro mental. Pero algo salió mal. Los sujetos de prueba empezaron a desarrollar habilidades que no deberían tener. Y luego...
—¿Luego qué?
—Luego el hospital cerró repentinamente. Todos los registros fueron sellados. Y el doctor Duo'er desapareció.
Xu Huo frunció el ceño.
—¿Desapareció? Pero el hombre que conocí ayer dijo que todavía está allí.
Carmen lo miró con sorpresa.
—¿Conociste a alguien que trabajó allí?
—Sí. Un ex enfermero. Me dijo que el doctor Duo'er se quedó en el hospital después del cierre.
—Eso es... extraño —dijo Carmen, pensativa—. Según los registros oficiales, el doctor Duo'er fue declarado muerto hace dos años. Su certificado de defunción está en los archivos.
—¿Muerto? —Xu Huo entrecerró los ojos—. ¿Y cómo murió?
—El informe dice que fue un accidente. Un incendio en su residencia. Pero no hay fotos del cuerpo, y el informe es sospechosamente vago.
Xu Huo guardó silencio por un momento.
—Necesito entrar en el Hospital Diecisiete.
Carmen lo miró con preocupación.
—¿Estás seguro? Si lo que dice ese hombre es cierto, es un lugar peligroso.
—Precisamente por eso necesito ir —dijo Xu Huo—. Si el doctor Duo'er sigue vivo y escondido allí, es la única persona que puede responder a mis preguntas.
Carmen suspiró.
—Está bien. Pero no irás solo. Te acompañaré.
—No —dijo Xu Huo con firmeza—. Esto es asunto mío. No quiero que nadie más corra peligro.
—¿Y crees que puedes detenerme? —dijo Carmen, con una sonrisa irónica—. Soy una súper evolucionadora espacial. Puedo cuidarme sola.
Xu Huo la miró por un momento y finalmente asintió.
—Está bien. Pero si las cosas se ponen feas, te irás sin mí.
—Eso no va a pasar —dijo Carmen con confianza—. ¿Cuándo nos vamos?
—Esta noche —respondió Xu Huo—. Cuanto antes, mejor.
Esa noche, Xu Huo y Carmen llegaron al Hospital Diecisiete. El edificio estaba en ruinas, con las ventanas rotas y las paredes cubiertas de grafitis. La maleza había invadido el patio delantero, y el letrero del hospital colgaba torcido de una sola bisagra.
—Qué lugar tan acogedor —murmuró Carmen, mirando a su alrededor.
—El túnel de mantenimiento está en la parte trasera —dijo Xu Huo, avanzando hacia el costado del edificio.
Rodearon el hospital y encontraron el túnel cubierto por arbustos. Xu Huo apartó las ramas y reveló una puerta de metal oxidado. La empujó y se abrió con un chirrido.
—Después de ti —dijo Carmen.
Xu Huo entró primero. El túnel era estrecho y oscuro, con el techo goteando agua. El olor a moho y humedad era abrumador. Avanzaron en silencio, con las linternas iluminando el camino.
Después de unos minutos, llegaron a una escalera que conducía al sótano. Bajaron con cuidado, y al final de la escalera encontraron un pasillo largo con puertas a ambos lados.
—La última puerta del pasillo —dijo Xu Huo, recordando las palabras del enfermero.
Caminaron hasta el final del pasillo. La última puerta era diferente a las demás. Era de metal sólido, sin manija, con una pequeña ventana de vidrio oscuro.
—No hay forma de abrirla desde aquí —dijo Carmen, examinando la puerta—. Pero puedo usar mi poder espacial para atravesarla.
—Espera —dijo Xu Huo, poniendo una mano sobre la puerta—. Siento algo.
—¿Qué sientes?
—Algo al otro lado. Algo... vivo.
Carmen frunció el ceño.
—¿Estás seguro?
Xu Huo asintió lentamente. Podía sentir una presencia débil pero constante, como un latido lejano.
—Hay alguien ahí dentro.
—¿El doctor Duo'er?
—No lo sé —dijo Xu Huo—. Pero hay que averiguarlo.
Carmen levantó la mano y el espacio alrededor de la puerta comenzó a distorsionarse. La puerta tembló y luego se desvaneció, revelando una habitación oscura.
Dentro, una figura estaba sentada en una silla, de espaldas a ellos. Vestía una bata blanca de médico, manchada de algo que parecía sangre seca.
—Doctor Duo'er? —llamó Xu Huo.
La figura no se movió. Pero una voz ronca y quebrada llenó la habitación.
—¿Quién... quién está ahí?
—Venimos a hacerle unas preguntas —dijo Xu Huo, avanzando lentamente.
La figura giró la cabeza lentamente, y lo que vieron los hizo detenerse en seco. El rostro del hombre era un amasijo de cicatrices, con la piel colgando en jirones. Sus ojos eran dos cuencas vacías, negras y sin fondo.
—¿Preguntas? —dijo el hombre, con una risa que sonaba como grava—. Todos vienen a hacer preguntas. Pero nadie quiere escuchar las respuestas.
—¿Qué le pasó? —preguntó Carmen, con cautela.
—¿Qué me pasó? —repitió el hombre, y su risa se convirtió en un sollozo—. Me pasó lo que les pasa a todos los que juegan con cosas que no deberían tocar. Me volví loco. ¿No es obvio?
Xu Huo lo observó por un momento.
—¿Usted es el doctor Duo'er?
—Era —dijo el hombre—. Ahora soy solo un recuerdo. Un recuerdo que se niega a desaparecer.
—Necesito saber qué estaba investigando en este hospital —dijo Xu Huo—. Sobre la conexión entre el poder espiritual y la locura.
El hombre guardó silencio por un largo momento. Luego, lentamente, se puso de pie. Su cuerpo era delgado y frágil, como si estuviera hecho de papel.
—¿Quieres saber la verdad? —dijo, y su voz sonó diferente. Más clara, más firme—. La verdad es que no hay conexión. El poder espiritual no causa locura. La locura es lo que causa el poder espiritual.
Xu Huo frunció el ceño.
—¿Qué quiere decir?
—Quiere decir que todo lo que creíamos saber era mentira —dijo el doctor Duo'er—. El poder espiritual no es un don. Es una maldición. Y los que lo poseen... están condenados.
—¿Condenados a qué?
El doctor Duo'er sonrió, y su sonrisa era terrible de ver.
—Condenados a convertirse en lo que hay detrás de esa puerta.
Señaló una puerta al fondo de la habitación, una puerta que no habían notado antes. Era de madera vieja, con marcas de arañazos en la superficie.
—¿Qué hay detrás? —preguntó Carmen.
—¿Quieres verlo? —dijo el doctor Duo'er, y su voz se volvió un susurro—. ¿De verdad quieres verlo?
Xu Huo avanzó hacia la puerta. Carmen lo siguió, con la mano levantada, lista para usar su poder.
Cuando Xu Huo puso la mano en la puerta, sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. La presencia que había sentido antes se intensificó, volviéndose casi abrumadora.
Abrió la puerta.
Detrás había una habitación pequeña, iluminada por una única bombilla que colgaba del techo. En el centro, había una cama de hospital. Y en la cama, había una figura cubierta por una sábana blanca.
—¿Quién es? —preguntó Xu Huo.
El doctor Duo'er no respondió. Pero la figura bajo la sábana se movió lentamente, y una mano pálida emergió de debajo de la tela.
—No... no deberían haber venido —dijo una voz, débil y temblorosa—. Nadie debería haber venido.
Xu Huo dio un paso atrás, con el corazón latiendo rápido. La figura se sentó lentamente, y la sábana cayó, revelando un rostro que lo hizo detenerse en seco.
Era su propio rostro.
—¿Qué...? —murmuró Xu Huo, dando otro paso atrás.
La figura sonrió, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Bienvenido a casa —dijo—. Te estaba esperando.
Xu Huo sintió que el mundo se inclinaba a su alrededor. La voz de Carmen llegó desde lejos, como si estuviera bajo el agua.
—¡Xu Huo! ¡Xu Huo, reacciona!
Pero Xu Huo no podía reaccionar. Solo podía mirar fijamente a la figura que tenía delante, a la persona que era él mismo, y preguntarse si estaba soñando o si la locura finalmente lo había alcanzado.
—Si tienes el cerebro enfermo —dijo la figura, con la misma voz que la suya—, ve a tratarlo.
Y entonces todo se volvió negro.