32. Amigo lector 20230701234626290
Zhang Ruochen estaba sentado con las piernas cruzadas en el centro de la sala de meditación, con el Diagrama del Yin y Yang del Tai Chi girando lentamente detrás de él. Las Reglas del Camino Sagrado fluían a su alrededor como un río, cada una de ellas imbuida con un poder aterrador.
De repente, abrió los ojos.
—Ha llegado el momento —murmuró para sí mismo.
Se puso de pie y caminó hacia el altar de sacrificios en la esquina de la sala. Sobre el altar yacía una espada antigua, cubierta de polvo, pero que aún emitía un tenue resplandor. Era la Espada Antigua del Abismo Profundo, un artefacto que había estado sellado durante innumerables años.
Zhang Ruochen extendió la mano y tocó la hoja. Al instante, una oleada de energía fría recorrió su brazo, haciendo que su mar de Qi se agitara violentamente.
—Finalmente has despertado —dijo una voz desde atrás.
Era Xiao Hei, el cuervo negro de tres patas, que entraba volando por la ventana y se posaba en el hombro de Zhang Ruochen.
—Sí, el sello se ha debilitado —respondió Zhang Ruochen—. Pero todavía necesito más tiempo para dominar completamente este poder.
Xiao Hei rió entre dientes.
—No te preocupes, con tu talento, no te llevará mucho tiempo. Pero debes tener cuidado, hay muchos en el Reino del Infierno que te están observando. Especialmente ese tal Yan Wushen, que siempre ha querido arrebatarte el título de Heredero del Tiempo y el Espacio.
Zhang Ruochen asintió.
—Lo sé. Pero ahora no es el momento de enfrentarlo. Primero debo encontrar el camino para romper el Reino Ilimitado.
Salió de la sala de meditación y caminó por el corredor. El cielo estaba oscuro, y las estrellas brillaban débilmente en la distancia. De repente, sintió una presencia familiar.
—¿Hermana mayor Huang Yanchen? —preguntó en voz baja.
Una figura apareció desde la oscuridad. Era Huang Yanchen, vestida con una túnica blanca, su cabello largo flotando al viento. Su rostro era hermoso, pero sus ojos llevaban una profunda tristeza.
—Ruochen, he estado esperando que salieras —dijo ella con voz suave.
—¿Qué sucede? —preguntó Zhang Ruochen, frunciendo el ceño.
—El Templo del Destino ha enviado un mensaje. Dicen que han descubierto rastros de la Organización de la Medida en el Reino Xinghuan. Quieren que vayas a investigar.
Zhang Ruochen guardó silencio por un momento.
—La Organización de la Medida... siempre han estado tramando algo. Pero esta vez, puede ser una trampa.
—Lo sé —dijo Huang Yanchen—. Por eso quiero ir contigo.
Zhang Ruochen la miró y sonrió ligeramente.
—Está bien. Pero prométeme que si algo sale mal, te retirarás primero.
Huang Yanchen dudó, pero finalmente asintió.
—Lo prometo.
De repente, una ráfaga de viento sopló, y una figura apareció frente a ellos. Era un anciano con una túnica negra, su rostro oculto por una capucha.
—Joven maestro Zhang, la señora Bai Qinger lo está buscando —dijo el anciano con voz ronca.
—¿Bai Qinger? —Zhang Ruochen entrecerró los ojos—. ¿Dónde está?
—En la Torre de la Diosa, en la Ciudad Real de las Cien Tribus. Dice que tiene información importante sobre el Abismo de la Oscuridad.
Zhang Ruochen intercambió una mirada con Huang Yanchen.
—Parece que todos se están moviendo —dijo él—. Vamos primero a la Ciudad Real de las Cien Tribus.
Huang Yanchen asintió, y los dos se elevaron en el aire, volando hacia el horizonte. Xiao Hei los siguió, graznando ruidosamente.
En el camino, Zhang Ruochen no pudo evitar pensar en los eventos recientes. El Reino del Infierno estaba cada vez más caótico, y las Diez Grandes Fuerzas Oscuras estaban comenzando a mostrar sus garras. Además, la Facción del Reino Celestial también estaba tramando algo. Todo indicaba que se avecinaba una tormenta.
—Ruochen —dijo Huang Yanchen de repente—, ¿crees que podremos encontrar una manera de salvar al Reino Kunlun?
Zhang Ruochen guardó silencio por un momento.
—No lo sé. Pero mientras haya una oportunidad, no me rendiré.
Huang Yanchen sonrió débilmente.
—Siempre has sido así. Pero esa es una de las razones por las que te admiro.
Zhang Ruochen la miró, y una calidez desconocida llenó su corazón. A pesar de todos los peligros y desafíos, al menos no estaba solo.
Pronto, la Ciudad Real de las Cien Tribus apareció a lo lejos, sus murallas iluminadas por la luz de las estrellas. Pero en el cielo sobre la ciudad, una sombra oscura se cernía, como un presagio de algo siniestro.
—Parece que no vamos a tener una recepción pacífica —dijo Zhang Ruochen, con una sonrisa fría.
—No importa —respondió Huang Yanchen, apretando su espada—. Mientras estemos juntos, no hay nada que temer.
Los dos se miraron y, hombro a hombro, volaron hacia la ciudad. Detrás de ellos, la noche se volvía más profunda, y en la distancia, un trueno retumbó, anunciando la llegada de la tormenta.