Capítulo 40: El principio de Pareto

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Capítulo 40: El principio de Pareto

—Espera... —Qi Xia frunció el ceño, como si hubiera recordado algo—. ¿Hay que resistir al enemigo y proteger a los nuestros al mismo tiempo?

Sonaba como una situación muy familiar.

Ya está... Esta vez sí hay una solución.

Qi Xia corrió hasta la plancha de hierro, la levantó apoyándola y la hizo rodar lentamente por el suelo, como si estuviera comprobando la viabilidad de su plan.

—¡Oye, Qiao Jiajin! —gritó Qi Xia—. ¡Encontré la «respuesta»! ¡Ven aquí!

—He estado esperando que dijeras eso mucho tiempo —respondió Qiao Jiajin con calma—. Aguanta, ya voy.

El oso negro sintió vagamente que su «presa» quería escapar, así que se puso de pie sobre sus patas traseras para ampliar su rango de ataque.

Pero Qiao Jiajin no tenía intención de huir. De repente dio un salto hacia adelante, separó los pies, movió los hombros siguiendo el giro de la cintura y lanzó un puñetazo con el brazo derecho, girando ciento ochenta grados hacia la mejilla del oso.

¡*Pum*!

Un sonido ensordecedor. El golpe impactó de lleno en el rostro del oso negro, haciéndolo retroceder un paso y medio.

El oso negro se detuvo un momento, resoplando aire caliente por la nariz, luego sacudió la cabeza, como si el inesperado puñetazo lo hubiera dejado aturdido.

Nunca imaginó que esa «presa» que no paraba de huir tuviera una fuerza tan aterradora.

Qiao Jiajin también sacudió su brazo entumecido por el impacto y maldijo entre dientes:

—Eres terco como una roca, idiota...

El oso negro reaccionó, rugió varias veces con la boca abierta y, furioso, volvió a atacar con sus zarpas.

Qiao Jiajin observó atentamente el movimiento del animal, dio un pequeño paso atrás con el pie derecho y luego cambió el peso entre ambos pies, no solo esquivando el golpe, sino haciendo que el oso perdiera el equilibrio y casi cayera de bruces.

Aprovechando el hueco, se agachó un poco y lanzó un uppercut desde abajo, golpeando con fuerza la mandíbula del oso.

Un aullido extraño resonó. El oso había recibido otro golpe.

Aunque ese daño no suponía una amenaza real para su gruesa piel, lo cierto es que el animal empezó a temer al hombre que tenía delante.

—¡Chingado, casi me rompo la mano y tú ni te mareas? —Qiao Jiajin escupió al suelo y luego dio una voltereta hacia adelante para alejarse del oso.

Qi Xia se quedó un momento atónito al ver la escena. Pensaba que Qiao Jiajin era solo un pandillero cualquiera, pero su habilidad de combate era impresionante.

Cada movimiento no parecía de pelea callejera, sino de artes marciales mixtas.

Qiao Jiajin llegó junto a Qi Xia, sacudiendo su mano derecha mientras preguntaba:

—¿Qué hacemos?

—¡Tú! —Qi Xia reaccionó y le hizo una seña—. Sujeta esta plancha de hierro para bloquear los ataques del oso.

—¿Así nomás? —Qiao Jiajin no lo entendía—. ¿Te volviste loco, mentiroso? ¡Creí que tenías una idea mejor!

—No, ¡esta es la mejor idea! —Qi Xia puso a Qiao Jiajin frente a la plancha y le indicó que la sostuviera.

Pero como la plancha era redonda, no se mantenía estable en el suelo y rodaba con facilidad.

Qiao Jiajin tuvo que agacharse y apoyar la plancha con el hombro para intentar que se mantuviera firme.

—Está bien pesada... —dijo Qiao Jiajin apretando los dientes—. No puedo levantarla...

—No hace falta que la levantes —explicó Qi Xia—. Solo tienes que hacerla rodar por el suelo.

—Ya, ya entiendo, pero así no veo a esa bestia —dijo Qiao Jiajin—. Esta plancha enorme me tapa la vista, no sé ni dónde está, ¿cómo voy a bloquear sus ataques?

Para entonces, el oso negro, cada vez más furioso, se acercaba con cautela hacia ellos.

—Yo te ayudaré a ver —dijo Qi Xia, parándose detrás de Qiao Jiajin.

—¿Tú?

—Sí, te sujetaré por la ropa desde atrás —dijo Qi Xia—. Si tiro hacia la derecha, tú haces rodar la plancha a la derecha; si tiro hacia la izquierda, la haces rodar a la izquierda.

—Vale... —asintió Qiao Jiajin, ajustando la dirección de la plancha para que apuntara hacia el oso—. Así tal vez no nos matemos... pero no sé si esos cabrones van a querer quitarnos la plancha.

—No van a venir a quitarla —dijo Qi Xia—. Porque voy a proteger a todos los que están aquí.

—¿Qué dices? —Qiao Jiajin se quedó pasmado—. ¿Vas a proteger a todos con esta plancha?

—¡Oigan! —gritó Qi Xia hacia el grupo que seguía peleando—. Si siguen dándose, de verdad van a morir. Si no quieren morir, vengan detrás de mí.

Todos se giraron al oír las palabras de Qi Xia, mirándolo a él y a la plancha en manos de Qiao Jiajin.

El hombre de mediana edad fue el primero en levantarse, secándose la sangre del rostro, que alguien le había arañado durante la pelea.

—¡Ustedes dos, güeyes, suelten esa plancha!

Se tambaleó hacia Qiao Jiajin, como si quisiera recuperarla, pero Qiao Jiajin no podía soltarla, así que solo le dirigió una mirada fulminante.

Qi Xia dio un paso adelante y se interpuso entre ellos.

—¡Oye, quítate! —gritó el hombre de mediana edad—. ¡Gafitas, ven a ayudarme!

Qi Xia pensó rápido, y una voz resonó en su mente: *“El principio de Pareto: el poder de decisión suele estar en manos del veinte por ciento de las personas. Para controlar a un grupo, solo hay que controlar a una minoría...”*

Antes de que el hombre de mediana edad pudiera llamar a su cómplice, Qi Xia alargó la mano y le agarró el cuello con fuerza.

El otro nunca esperó que este hombre de aspecto tan refinado fuera tan violento, y por un momento se quedó sin reacción.

—No te hagas el difícil —dijo Qi Xia—. Si quieres vivir, hazme caso.

—¿Hacerte caso a ti? —los ojos del hombre de mediana edad rebosaban furia—. ¿Y tú quién te crees? ¿Por qué tendría que hacerte caso?

Qi Xia apretó la mano derecha con fuerza, hundiendo los dedos en su garganta.

—No te lo estoy pidiendo.

Qiao Jiajin al ver la actitud de Qi Xia frunció el ceño.

Hasta ahora solo pensaba que Qi Xia era inteligente, y que seguirlo quizás les daría una oportunidad de sobrevivir, pero nunca imaginó que también tuviera un lado tan despiadado.

—Cof, cof... ¡suéltame! —el hombre de mediana edad empezaba a asfixiarse y golpeaba el brazo de Qi Xia con las manos—. ¿Estás loco?

—O te estrangulo aquí mismo, o te quedas callado detrás de mí —los ojos de Qi Xia estaban helados, como si nunca hubiera tenido emociones—. Elige una de las dos.

El Gafitas vio la escena y se acercó corriendo, con tono suplicante:

—Hermano... no es para tanto, ¿no? Suelta a Lao Lü primero...

Aunque decía eso, iba ajustando su posición, colocándose al costado de Qi Xia y acercándose paso a paso.

Qi Xia lo evaluó rápidamente: tenía las gafas rotas de un lado, seguramente por algún golpe durante la pelea, y se veía bastante desaliñado.

*“Ley de caza...”* pensó Qi Xia, con los ojos fijos en los dos. *“El cazador siempre es más feroz que la presa; por más astuta que sea la presa, siempre tiene un punto débil...”*

—Hermano, suéltalo primero, o si no...

El Gafitas se acercaba cada vez más a Qi Xia, como si tuviera otro plan.

Qi Xia puso cara seria y extendió la otra mano. Esta vez no le agarró el cuello, sino que le sujetó la mejilla, presionando con el pulgar sobre la lente rota de las gafas.

—¡Ay, güey! —exclamó el Gafitas, cerrando los ojos con fuerza.

—Si también quieres buscarte problemas, te meto los vidrios en los ojos.

—¡No, no, no, no! —el Gafitas agitó las manos con desesperación, medio agachado, con la cabeza hacia atrás, sin atreverse a moverse—. ¡Me equivoqué, hermano, discúlpame! Haremos lo que digan.