Capítulo 2: El Núcleo Primigenio (Inventario personal: 21 unidades).

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Capítulo 2: El Núcleo Primigenio (Inventario personal: 21 unidades).

El joven abrió los ojos lentamente, sintiendo el familiar techo de madera sobre su cabeza. Suspiró profundamente, el olor a polvo y humedad llenando sus fosas nasales. Se incorporó con cuidado, notando que su cuerpo estaba débil, como si hubiera estado dormido durante mucho tiempo.

—¿Dónde estoy? —murmuró para sí mismo, su voz sonaba ronca y extraña.

Miró a su alrededor: una pequeña habitación desordenada, con estantes llenos de libros polvorientos y extraños artefactos. En la esquina, una mesa de trabajo cubierta de herramientas y fragmentos de cristal. Todo le resultaba vagamente familiar, pero también extrañamente distante.

De repente, un dolor punzante atravesó su cabeza. Imágenes fragmentadas comenzaron a fluir ante sus ojos: un mundo de cultivo, técnicas misteriosas, batallas épicas... y luego, oscuridad. Una oscuridad total y fría.

—El Núcleo Primigenio... —susurró, tocando su pecho. Allí, justo debajo de su esternón, podía sentir una energía pulsante, cálida y familiar. Era el Núcleo Primigenio, el centro de su poder como cultivador.

Pero algo andaba mal. El Núcleo se sentía... diferente. Más pequeño, más débil. Como si hubiera sido dañado o sellado.

Con esfuerzo, el joven se levantó de la cama y caminó hacia un espejo polvoriento colgado en la pared. Lo que vio lo dejó sin aliento.

—¡Este cuerpo...! —exclamó, tocando su rostro—. ¡Soy joven otra vez!

En el espejo se reflejaba un adolescente de unos quince años, de cabello negro despeinado y ojos oscuros llenos de confusión. Pero esos ojos... contenían una sabiduría y una experiencia que no pertenecían a un muchacho de su edad.

—He renacido —dijo en voz baja, procesando lentamente la realidad—. He vuelto al pasado, a mi cuerpo juvenil.

Cerró los ojos y se concentró, tratando de sentir su energía interna. El Núcleo Primigenio latía débilmente, pero estaba allí. Y con él, una pequeña reserva de energía que apenas alcanzaba para las técnicas más básicas.

—Veintiún núcleos —murmuró, recordando de repente—. En mi vida anterior, acumulé veintiún Núcleos Primigenios antes de... antes de caer.

Abrió los ojos, una chispa de determinación brillando en su mirada. Sabía lo que tenía que hacer. En esta nueva vida, no cometería los mismos errores. Esta vez, protegería a quienes amaba y alcanzaría la cima del cultivo.

Pero primero, necesitaba entender su situación actual. ¿En qué momento del pasado había despertado? ¿Qué eventos estaban por ocurrir?

Se acercó a la ventana y miró hacia afuera. El sol se ponía detrás de las montañas distantes, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y rojizos. Reconoció el paisaje: estaba en la Secta de la Hoja Verde, una pequeña secta de cultivo en las afueras del Reino Celestial.

—El año del Gran Desastre aún no ha llegado —calculó mentalmente—. Tengo tiempo. Tiempo para prepararme.

Una sonrisa fría se formó en sus labios. En su vida anterior, había sido un genio del cultivo, pero también un tonto que confió en las personas equivocadas. Esta vez, sería diferente.

—Cultivaré en secreto —decidió—. Acumularé poder sin llamar la atención. Y cuando llegue el momento, estaré listo.

De repente, un ruido proveniente de la puerta lo sobresaltó. Alguien estaba entrando a la habitación.

—¡Hermano menor! —una voz femenina, alegre y familiar, resonó desde la entrada—. ¡Despierta! El maestro te ha estado buscando todo el día.

El joven se giró lentamente, y al ver el rostro de la mujer que entraba, sintió un nudo en la garganta. Era su hermana mayor en el cultivo, la única persona que siempre había estado a su lado en su vida anterior... hasta que la traicionaron.

—Hermana... —su voz tembló ligeramente—. He tenido un sueño muy largo.

La mujer, una joven de cabello castaño recogido en una trenza, frunció el ceño con preocupación.

—¿Sueño? Has estado inconsciente durante tres días, idiota. El maestro dijo que tu Núcleo Primigenio casi colapsa por entrenar demasiado.

—Lo sé —respondió él, forzando una sonrisa—. Pero ya estoy bien. De verdad.

La hermana lo miró fijamente por un momento, como si percibiera algo diferente en él, pero finalmente asintió.

—Bueno, si dices que estás bien... Ven, el maestro nos espera para la cena. Y no quiero escuchar excusas.

Mientras seguía a su hermana fuera de la habitación, el joven apretó los puños. En su pecho, el Núcleo Primigenio latía con un ritmo constante, recordándole su propósito.

Veintiún núcleos. En su vida anterior, había necesitado mil años para acumularlos. Esta vez, lo lograría en mucho menos tiempo.

Y cuando estuviera listo, el mundo temblaría ante su poder.