Capítulo 2: El Viejo Cazador · Nueve Estrellas (70.2%).

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Capítulo 2: El Viejo Cazador · Nueve Estrellas (70.2%).

El viento frío de la noche soplaba a través de las grietas de la cabaña de madera, haciendo que la llama de la vela parpadeara. El viejo cazador se sentó junto al fuego, su rostro curtido iluminado por la luz anaranjada, con una profunda mirada en sus ojos.

—Has despertado —dijo con voz ronca, como si hubiera envejecido diez años en una noche.

El joven se incorporó, sintiendo el dolor punzante en todo su cuerpo. Miró al viejo cazador, luego al cuchillo de caza ensangrentado en el suelo, y una sensación de peligro lo invadió.

—¿Quién eres? —preguntó con cautela.

El viejo cazador soltó una risa seca, tomó un sorbo de la botella de licor a su lado y dijo lentamente:

—Soy solo un viejo que ha vivido lo suficiente. Pero tú, muchacho, tienes una gran habilidad para haber despertado en un lugar como este.

El joven frunció el ceño, sin entender sus palabras. Miró a su alrededor, la cabaña era simple y tosca, con pieles de bestias colgando en las paredes y algunas hierbas medicinales esparcidas en la esquina. Todo indicaba que este lugar estaba lejos de la civilización.

—¿Dónde estamos? —preguntó de nuevo.

—En las Montañas del Viento Silbante —respondió el viejo cazador, señalando hacia afuera—. Al este está la Ciudad del Viento Plateado, pero a pie se tarda al menos tres días.

El joven guardó silencio. En su mente, fragmentos de recuerdos se arremolinaban, pero ninguno lograba formar una imagen completa. Solo recordaba haber caído desde un lugar muy alto, y luego... oscuridad.

—Has estado en coma tres días —dijo el viejo cazador, como si leyera sus pensamientos—. Te encontré al pie del acantilado, medio muerto. Pensé que no sobrevivirías, pero tu cuerpo es resistente.

—Gracias —dijo el joven con sinceridad.

El viejo cazador agitó la mano, mostrando indiferencia:

—No hay necesidad de agradecerme. En estas montañas, ayudarse mutuamente es la norma. Pero, muchacho, tienes algo extraño.

El joven se tensó:

—¿Extraño?

—Sí —el viejo cazador entrecerró los ojos, su mirada aguda como la de un halcón—. Cuando te encontré, tu cuerpo estaba cubierto de heridas, pero al segundo día ya se habían curado por completo. Además, en tu interior hay una energía que no debería existir en un humano común.

El corazón del joven dio un vuelco. Recordó vagamente que antes de caer, algo había ocurrido, algo relacionado con una luz dorada.

—No sé de qué hablas —dijo con tono evasivo.

El viejo cazador soltó una risa profunda:

—No te preocupes, no tengo intención de hacerte daño. He vivido más de sesenta años y he visto muchas cosas extrañas. Pero debo advertirte, en estas montañas, tener habilidades especiales no siempre es algo bueno.

Diciendo esto, el viejo cazador se levantó, cojeando hacia la puerta. Antes de salir, se volvió y dijo:

—Descansa bien. Mañana te llevaré a la Ciudad del Viento Plateado. Allí podrás encontrar las respuestas que buscas.

El joven asintió, pero en su interior bullía la inquietud. Cuando la puerta se cerró, se quedó solo en la cabaña, mirando la llama parpadeante, sumido en sus pensamientos.

De repente, sintió un calor en el pecho. Se bajó el cuello de la ropa y vio una marca dorada con forma de estrella de nueve puntas, que emitía un tenue resplandor. En ese momento, una voz desconocida resonó en su mente:

—Nueve Estrellas, despierta. El destino ha comenzado.

El joven se sobresaltó, queriendo preguntar algo, pero la voz se desvaneció como una burbuja. Solo quedó él, sudando frío, mirando fijamente la marca en su pecho.

Afuera, el viento nocturno aullaba, y entre los árboles del bosque, sombras se movían sigilosamente.