Capítulo 3: Sellado junto con el Pecado Original.
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—¿Qué demonios... es esto? —susurró Lin Yuan, su voz apenas un hilo mientras sus dedos temblorosos rozaban la superficie fría del cofre de jade.
El anciano de la tienda de antigüedades, el viejo Chen, lo observaba con una sonrisa críptica desde el otro lado del mostrador. Sus ojos, nublados por la edad, brillaban con un destello de astucia.
—Joven maestro, tiene buen ojo. Ese cofre... no es una pieza común. —El viejo Chen carraspeó, ajustándose las mangas de su bata de seda desgastada—. Se dice que fue sellado hace más de mil años, junto con algo... peligroso.
Lin Yuan frunció el ceño. Había entrado a esa tienda por casualidad, buscando un regalo de cumpleaños para su abuela. Pero algo en ese cofre de jade negro lo llamaba, como un imán tirando de su alma.
—¿Peligroso? —repitió, sin apartar la mirada del cofre.
—Mmm. —El viejo Chen asintió lentamente, su voz adoptando un tono grave—. Según los registros de mi familia, este cofre fue creado por un cultivador del camino demoníaco durante la dinastía Gran Yu. No solo guarda tesoros... también sella un Pecado Original.
Lin Yuan sintió un escalofrío recorrer su espalda. Pecado Original. Había oído ese término antes, en las novelas de cultivo que devoraba desde niño. Se refería a entidades malditas, fragmentos de poder corrompido que ni los inmortales se atrevían a tocar.
—¿Y usted cree que debería comprarlo? —preguntó, esbozando una sonrisa incrédula.
El viejo Chen se encogió de hombros.
—Yo solo vendo antigüedades, joven maestro. Lo que haga con ellas... es asunto suyo. Pero le advierto: si abre ese cofre, no podrá cerrarlo de nuevo.
Lin Yuan dudó. Su sentido común le gritaba que dejara esa cosa y se fuera. Pero su instinto, ese sexto sentido que lo había salvado de meterse en problemas más de una vez, le susurraba lo contrario.
—¿Cuánto? —preguntó al final.
El viejo Chen sonrió, mostrando dientes amarillentos.
—Para usted, solo quinientos yuanes.
Era un precio ridículamente bajo para una pieza tan antigua. Demasiado bajo. Otra señal de alerta. Pero Lin Yuan ya había tomado su decisión.
Pagó en efectivo, tomó el cofre envuelto en un paño de seda roja, y salió de la tienda sintiendo el peso de la caja en sus manos como si cargara una montaña.
Esa noche, en su pequeño departamento alquilado, Lin Yuan colocó el cofre sobre la mesa del comedor. La luz amarillenta de la lámpara de escritorio bailaba sobre la superficie de jade, revelando grabados intrincados: runas que parecían retorcerse como serpientes, símbolos que le recordaban a los talismanes de sellado de las leyendas.
—Esto es una locura —murmuró para sí mismo, mientras sus dedos recorrían el borde del cofre—. Debería devolverlo mañana.
Pero no lo hizo.
En lugar de eso, encontró la cerradura. Un mecanismo simple, casi anticlimático para un cofre tan misterioso. Un pequeño candado de bronce, oxidado por el paso de los siglos.
Lin Yuan tomó un clip, lo enderezó, y con manos temblorosas, comenzó a forzar la cerradura.
Click.
El candado cayó al suelo con un sonido metálico.
El silencio se hizo absoluto. Lin Yuan contuvo el aliento, esperando... no sabía qué. ¿Una explosión de energía oscura? ¿Una voz maldita susurrando en su mente? ¿Un monstruo saltando del cofre?
Nada de eso ocurrió.
La tapa del cofre se levantó lentamente, impulsada por un resorte antiguo. Del interior emergió un resplandor tenue, como el de una luciérnaga moribunda.
Lin Yuan se asomó.
Dentro del cofre, acurrucado en un rincón, había un pequeño zorro. Pero no un zorro común. Su pelaje era blanco como la nieve, salpicado de manchas doradas que brillaban con luz propia. Tenía nueve colas, enroscadas alrededor de su cuerpo como una manta de seda. Y sus ojos... sus ojos eran dos pozos de oscuridad absoluta, que parecían absorber la luz a su alrededor.
—¿Un... zorro de nueve colas? —susurró Lin Yuan, incrédulo.
La criatura levantó la cabeza, lo miró fijamente, y luego habló con una voz que sonaba como campanas de viento en una tormenta:
—Humano... has roto el sello. Ahora, estamos atados.
Lin Yuan dio un salto hacia atrás, cayendo al suelo de espaldas.
—¡¿Hablas?!
El zorro de nueve colas bostezó, mostrando colmillos afilados como cuchillas.
—Por supuesto que hablo. He vivido más de tres mil años, he visto dinastías caer y cielos partirse. ¿Crees que no aprendí a hablar en todo ese tiempo? —La criatura se estiró, sus colas moviéndose con gracia felina—. Pero dejemos las presentaciones para después. Primero, dime: ¿estás listo para el trato?
—¿Trato? —Lin Yuan se puso de pie, aún temblando—. ¿Qué trato?
El zorro sonrió, una expresión escalofriante en su rostro animal.
—El sello que me mantenía prisionero también me vinculaba a este cofre. Ahora que lo has abierto, ese vínculo se ha transferido a ti. —La criatura inclinó la cabeza, sus ojos oscuros brillando con malicia—. Somos uno, humano. Tu destino y el mío están entrelazados. Y para sobrevivir en este mundo de cultivadores y bestias espirituales... necesitarás mi poder.
Lin Yuan sintió que el suelo se movía bajo sus pies.
—Espera, espera. Yo solo quería un adorno para mi abuela. No firmé para ser el anfitrión de un demonio milenario.
—¿Demonio? —El zorro soltó una risa musical—. Qué término tan vulgar. Prefiero "Espíritu del Pecado Original". Suena más... poético, ¿no crees?
—¡Es lo mismo!
—Para nada. —El zorro saltó del cofre, aterrizando silenciosamente sobre la mesa—. Un demonio es una criatura de maldad pura. Yo, en cambio, soy un fragmento del pecado original que corrompió a los cielos hace mil años. Soy más... antiguo. Más poderoso. Y definitivamente, más interesante.
Lin Yuan se frotó las sienes, sintiendo un dolor de cabeza creciente.
—Esto es una locura. Esto es una locura. —Comenzó a caminar en círculos—. Debería haber escuchado al viejo Chen. Debería haber dejado esa cosa en la tienda.
—Pero no lo hiciste —señaló el zorro, con una sonrisa burlona—. Y ahora, estamos aquí. Así que, ¿qué dices? ¿Aceptas mi trato?
—¿Y si digo que no?
El zorro se encogió de hombros, un gesto extrañamente humano.
—Entonces, el sello se romperá por completo, y el pecado original que llevo dentro se liberará. Convertirá esta ciudad en un cráter, y luego seguirá expandiéndose hasta consumir todo el reino. —La criatura parpadeó, inocente—. Pero, oye, es tu decisión.
Lin Yuan se quedó en silencio.
Las opciones eran claras: aceptar un trato con una entidad milenaria y probablemente terminar muerto o poseído, o rechazarlo y condenar a toda la humanidad.
—Maldita sea —maldijo entre dientes—. ¿Qué clase de elección es esa?
—La única que tienes —respondió el zorro, extendiendo una pata—. Así que, ¿qué dices? ¿Sellamos el pacto?
Lin Yuan miró la pata extendida, luego los ojos oscuros del zorro, luego el cofre vacío sobre la mesa.
Suspiró.
—Está bien. Acepto.
En el momento en que sus manos tocaron la pata del zorro, sintió una oleada de energía recorrer su cuerpo. Runas doradas aparecieron en su piel, brillando con intensidad antes de desvanecerse. El zorro rió, una risa que sonaba a triunfo y a advertencia al mismo tiempo.
—Bienvenido al mundo de los cultivadores, Lin Yuan. —La criatura saltó a su hombro, enroscándose alrededor de su cuello como una bufanda viviente—. Prepárate, porque esto apenas comienza.
Lin Yuan cerró los ojos, sintiendo el peso de su nueva realidad.
Un zorro de nueve colas en su hombro. Un pecado original sellado en su alma. Y un destino que apenas comenzaba a escribirse.
—Genial —murmuró—. Solo genial.