Capítulo 2: Aceptar este trato.
La luz de la vela parpadeaba, proyectando sombras danzantes sobre las paredes de la taberna. El hombre encapuchado me observaba fijamente, sus ojos brillando con una mezcla de astucia y desesperación.
—No es una oferta que se haga todos los días —dijo, su voz grave resonando en el silencio—. Te doy una bolsa de monedas de plata, suficiente para vivir un año, a cambio de un pequeño favor.
Apreté los labios, sintiendo el peso de la decisión en mis hombros. Desde que había despertado en este mundo, todo me resultaba extraño: las calles empedradas, el olor a especias y sudor, la gente que hablaba en un idioma que apenas comenzaba a entender. Pero el hambre y la necesidad no esperan a que uno se adapte.
—¿Qué clase de favor? —pregunté, mi voz sonando más firme de lo que me sentía.
El hombre sonrió, mostrando dientes amarillentos. —Nada ilegal, te lo aseguro. Solo necesito que entregues un paquete en la mansión del señor Liu, al otro lado de la ciudad. Nada más.
—¿Y por qué no lo haces tú mismo?
—Digamos que... tengo enemigos que me vigilan. Si me ven cerca de esa mansión, las cosas se complicarán. Pero un rostro nuevo, un desconocido... pasará desapercibido.
Mis dedos rozaron el borde de la mesa, sintiendo la madera astillada. En mi vida anterior, había sido un oficinista común, alguien que evitaba los riesgos. Pero aquí, en este mundo de cultivo y bestias espirituales, las reglas eran diferentes. Sobrevivir requería audacia.
—Acepto el trato —dije finalmente, extendiendo la mano.
El hombre encapuchado asintió, colocando una bolsa de cuero sobre la mesa. El sonido metálico de las monedas me confirmó que no mentía. Luego, sacó un paquete envuelto en tela negra, del tamaño de un puño.
—Llévalo al guardia de la puerta trasera. Dile que es un regalo del "Viejo Zorro". No abras el paquete, no preguntes. Solo hazlo.
Tomé el paquete, sintiendo su peso ligero pero misterioso. Algo me decía que esto era solo el comienzo de un camino mucho más peligroso. Pero cuando uno tiene hambre, incluso el veneno puede saber a miel.
—Esta noche, después del toque de queda —dije, guardando el paquete en mi chaqueta raída.
El hombre se levantó, su capa rozando el suelo polvoriento. —Buena elección, joven. Buena elección.
Y desapareció entre las sombras, dejándome solo con el tintineo de las monedas y el latido acelerado de mi corazón.