Capítulo 34: El Visitante

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Capítulo 34: El Visitante

Nezuri Kiyoshi miró atónito el soporte de espadas vacío. Por un instante, quedó perplejo. En los cientos de años desde que se convirtió en shinigami, nunca imaginó que alguien pudiera robar una Zanpakutō. Era algo imposible.

Los shinigami y sus Zanpakutō comparten un vínculo profundo, una conexión que nace del alma. Lástima que el perro Bubu hubiera bloqueado esa conexión, o mejor dicho, había fusionado la espada consigo mismo y con el entorno.

Tras superar la sorpresa inicial, Nezuri recuperó la compostura. Sus ojos barrieron el lugar porque sentía que su Zanpakutō, la "Matadora de Insectos", estaba cerca.

—No te escondas más. Sal ya.

Nezuri resopló con desdén, fingiendo calma, aunque en su interior estaba inquieto. Ya había dado aviso por medios especiales a los centinelas del edificio experimental para que lo sellaran.

El perro Bubu, desde un rincón, observó a Nezuri. Esa táctica barata la había visto demasiadas veces.

—Ya que no quieres aparecer, muere aquí.

Nezuri movió los dedos, que parecían ramas secas y retorcidas, dándole un aspecto antinatural.

Si alguien más estuviera presente, pensaría que Nezuri se preparaba para un golpe mortal. Pero no, solo se quedó quieto, sin hacer nada, porque no lograba percibir al perro Bubu.

¡BUM!

Un estruendo llegó desde afuera del edificio experimental. Ese ruido era la señal. El perro Bubu salió disparado de la habitación, y Nezuri también, aunque sin ver al perro.

Poco después, Nezuri llegó a la entrada principal. La puerta de metal mezclado con piedra asesina había sido volada. A su alrededor yacían varios cadáveres, todos con heridas de espada.

—¡Capitán, el ladrón escapó por allá!

Un shinigami con un brazo cercenado estaba recostado en una esquina, pálido, a punto de desmayarse.

—No.

Nezuri dio unos pasos hasta el boquete de la entrada, bloqueando el paso. Ya había comprendido todo el asunto.

Primero, un enemigo invisible se infiltró en el edificio y robó su Zanpakutō. Al mismo tiempo, un cómplice atacó de frente, destruyendo la entrada para abrirle paso al ladrón.

La deducción de Nezuri estaba cerca de la verdad, pero falló en un punto: el ataque de la sombra a la entrada solo fue para atraerlo.

Apenas Nezuri aseguró la entrada, un derrumbe retumbó desde el costado del edificio. Al oírlo, su expresión cambió. Dudó un momento, pero no fue al costado. Ya era tarde; llegar allí no tendría sentido.

Los labios de Nezuri temblaron violentamente. Sabía las consecuencias de perder su Zanpakutō. El setenta por ciento de su poder dependía de ella. Si la perdía, sus viejos enemigos harían todo lo posible por matarlo.

Por eso, Nezuri debía recuperar su espada lo antes posible. La Sociedad de Almas era un lugar despiadado; la seguridad solo se conseguía con poder personal.

Aunque perder la Zanpakutō no le costaría el puesto de capitán de la Duodécima División —después de todo, había contribuido mucho a la Sociedad de Almas—, su seguridad personal quedaba en riesgo.

Al pensar en eso, el rostro de Nezuri se ensombreció aún más.

—Capitán, alguien invadió nuestro cuartel.

Un shinigami algo regordete llegó corriendo, con expresión de pánico.

—¿Acaso crees que estoy ciego?

Nezuri bajó los párpados, furioso por dentro.

—Capitán, deberíamos...

¡Paf!

Nezuri puso una mano sobre la boca del shinigami regordete, con tanta fuerza que casi lo noquea.

—Shhh...

Nezuri se llevó un dedo a los labios, y una sonrisa comenzó a formarse en su rostro.

—Ahí estás.

Apenas dijo eso, pisó el suelo y desapareció del lugar.

Nezuri pudo percibir su Zanpakutō porque el perro Bubu había dejado de ocultarla. Estaba probando hasta qué distancia se mantenía el vínculo entre Nezuri y su espada. Esta vez, la distancia de prueba fue medio kilómetro.

Cuando Nezuri llegó a toda velocidad, solo encontró un mensaje escrito en el suelo.

"Ríndete, no puedes."

Al leer eso, los labios de Nezuri comenzaron a temblar de rabia. Pero eso era solo el comienzo de todo.